El hoyo más difícil de Tiger Woods

Diseñado para ser el número uno, Eldrick Tont Woods se encuentra, a sus 41 años, 875 puestos por debajo de su destino, la cima del golf mundial. Tiger —como lo apodó su difunto padre Earl en homenaje a un compañero caído en Vietnam— ha pasado en menos de una década de ser el deportista modelo de Estados Unidos a ser ridiculizado en las redes sociales por la fotografía de su arresto el pasado lunes por conducir intoxicado. En un meme se comparó su rostro abotargado con la cara de un furby, un peluche electrónico de ojos de búho que fue regalo de moda en las Navidades de 1998, cuando nacía la leyenda del Tigre.
La foto policial fue la imagen de la derrota de Tiger Woods. La alerta de que el antiguo niño prodigio del golf, el muchacho de la sonrisa perfecta, el negro que conquistó un juego de blancos elevándolo a un nivel portentoso y ganando más dinero que ningún otro deportista antes que él en la historia, está metido en un hoyo. “Honestamente, tuve que mirar la foto 10 segundos para reconocerlo”, admitió el golfista William McGirt. “Espero que ahora le den la dosis de medicación adecuada cuando deba conducir”, comentó Jason Day, número tresdel ranking. Jack Nicklaus, el golfista que ha ganado más grandes —18 frente a 14 de Woods—, dijo: “Creo que necesita nuestra ayuda”. John Daily, ganador de dos grandes, habló desde su experiencia como alcohólico: “Me pregunto si será adicto a las pastillas contra el dolor. Ojalá que no, porque es duro salir de eso”.
El lunes en torno a las tres de la mañana Woods fue hallado por la policía dormido contra el volante de su Mercedes, orillado a un lado de una carretera en la ciudad de Júpiter (Florida), donde tiene su mansión en una isla para las élites. El coche estaba en marcha, con varias luces encendidas. Las dos ruedas izquierdas se encontraban reventadas. Parecía que antes de pararse se hubiera chocado. El golfista apenas era capaz de hablar. En un vídeo difundido por la policía se le escucha balbucear y se le ve incapaz de caminar sobre una línea de la carretera. Woods estaba noqueado. Manejó su coche como un zombi. “Tuvo la suerte de salirse de la vía antes de cometer un crimen todavía peor, antes de matar a alguien”, dijo Heather Geronemus, directiva de la ONG Madres contra la conducción ebria.
El golfista fue esposado y trasladado a comisaría. Por la mañana, lo dejaron en libertad acusado de conducir intoxicado y por la noche emitió un comunicado en el que quiso dejar claro que aquella noche no había bebido —confirmado por la prueba de alcoholemia—, sino que había sufrido “una reacción inesperada a unos medicamentos”. En un país como EE UU, en el que murieron en 2015 más de 20.000 personas por sobredosis relacionadas con analgésicos con receta, disipar la sombra de la botella aludiendo a las pastillas no mejora el panorama de Woods. Uno de los fármacos que mencionó a los agentes fue la vicodina, un opiáceo que, según investigaciones periodísticas, también estuvo tras su accidente de 2009, cuando chocó contra una boca de riego a la entrada de su casa de Orlando. Aquella noche abrió el melón de su caos vital y dio paso a las revelaciones de sus infidelidades. Un año después, se divorció de la modelo Elin Nordegren, madre de su hija Sam, de nueve años, y de su hijo Charlie, de ocho. El hilo entre el incidente de 2009 y el del lunes pasado es la relación de Woods con los fármacos, entreverada con una cadena de lesiones que lo han hecho pasar ocho veces por el quirófano en la última década.

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